Vivir| 27 Ago 2008 - 9:39 pm

Una tendencia que crece en Colombia

Filosofía para niños

Por: Diego Antonio Pineda*
Filósofos enseñan a padres y maestros cómo aprovechar el potencial intelectual de los menores.
Matthew Lipman
Foto: Jupiter

El norteamericano Matthew Lipman elaboró un programa orientado a propiciar el ejercicio filosófico de los niños bajo el paradójico nombre de “Filosofía para niños   

“Papá, ¿qué es volumen?”, me preguntó mi hijo cuando apenas tenía cuatro años. Me había puesto como regla por entonces no responder de una forma directa a sus preguntas, sino intentar primero indagar, junto con él, por cuál era el verdadero origen de esas preguntas fascinantes que a cada instante le asaltaban.

“¿Dónde has escuchado esa palabra?”, fue lo que alcancé a responderle. “Mira, papá. ¿Recuerdas que tú me regalaste una grabadora? Pues tiene un botón que se llama volumen y que, si lo muevo para un lado suena más duro; y, si lo muevo para el otro, suena más pasito. Pero ayer estaba viendo televisión y apareció la propaganda de un champú nuevo, y dice que le da ‘más volumen’ al pelo. Pero, papá, en mi pelo yo no tengo botones ni mi pelo suena…”.

Lo que vino a continuación fue un diálogo en donde, a partir de preguntas, observaciones y razonamientos diversos intentamos, entre ambos, encontrar el significado y los diversos usos que una palabra, aparentemente tan familiar como volumen, adquieren en nuestra vida ordinaria. El ejercicio se repitió una y otra vez a lo largo de un cierto tiempo, en donde indagábamos unas veces por las razones por las cuales los círculos carecen de puntas, los bombillos de su cuarto producen luz, el Sol no se cae sobre la Tierra o qué es lo que ocurre con las personas que han muerto. Muchas de sus respuestas eran fantásticas, fruto de una imaginación poderosa; pero nunca incoherentes.

 Había, tanto en sus preguntas como en sus respuestas, una lógica muy fina que rompía todos mis esfuerzos por atenerme a los principios clásicos del pensamiento lógico. Había algo que me resultaba a la vez tremendamente razonable y profundamente desestabilizador. ¿Qué podría haber de común entre las preguntas e hipótesis fantasiosas de un niño y las teorías filosóficas que yo mismo venía estudiando y enseñando a lo largo de tanto tiempo?

Ante todo, lo que veía en mi pequeño hijo era una profunda perplejidad. Después de su esfuerzo por dominar las palabras y fijarles su sentido, esas mismas palabras que creía dominar adquirían nuevos y confusos significados. ¿Qué pasaba con las palabras y sus significados? ¿En qué consisten los significados de las palabras? ¿Por qué mutan los significados de forma tan asombrosa? Tales preguntas parecían estar implícitas en el interrogante de mi hijo… y eran también, ¡oh sorpresa!, las mismas preguntas que se planteaban muchos de los filósofos contemporáneos.

Ya desde Aristóteles se anunciaba que todo esfuerzo por filosofar nace de la admiración, del poder de asombro. Incluso Aristóteles decía que también el que ama los relatos (los mitos) es, a su modo, un amante del saber. ¿Puede haber acaso un

  • Diego Antonio Pineda* | EL ESPECTADOR

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