Opinión| 4 Oct 2008 - 12:21 am

William Ospina

El cosmos rumoroso de Robert Browning

Por: William Ospina
ESTE MES SE PUBLICA EN BARCELOna la primera edición en español de uno de los libros más revolucionarios de la literatura: El anillo y el libro, de Robert Browning, traducido por el colombiano Humberto Marín.

Oscar Wilde escribió que si Shakespeare había cantado con una miríada de labios, Browning había sido capaz de balbucir con mil bocas. Inútil objetar que Wilde hizo encantadoras obras dramáticas en las que todos los personajes hablan como Wilde.

Hoy el triunfo de Robert Browning, quien fue de verdad muchos hombres, es indudable. Quizá en su tiempo fue más popular su mujer, Elizabeth Barret, cuyos sonetos todavía nos conmueven. Pero Browning no es el autor de unos poemas: es el inventor de un cosmos, una de esas fuerzas ciclónicas que en un momento de quiebre de la civilización cambian las lenguas y la sensibilidad de los pueblos. Podemos compararlo con Cervantes por su capacidad de interpretar el alma de una época, con Shakespeare por el interés que muestra en todos los asuntos humanos, con Víctor Hugo por su ambición universal, con Rossetti por su perfección, con Joyce por su oscuridad laboriosa, con Dante por la complejidad de sus propósitos.

Chesterton escribió sobre Browning su mejor biografía. Alrededor estaban los prerrafaelitas, al otro lado del mar cantaba Walt Whitman, en Francia la carne viva de Verlaine convivía con el cerebro intrincado de Mallarmé, pero Robert Browning no parece contemporáneo de ninguno de esos poetas. En cada momento de su vida se desplaza hacia otro lugar del tiempo, a la época de Carlomagno o a la de Fra Filippo Luppi; está visitando el infierno de Dante o está espiando una cripta de la Inquisición; es Calibán en las marismas de una isla imaginaria o es Nelson en una fragata asediada.

No sabemos si alguna vez será inventada la máquina del tiempo. Leer a Robert Browning nos brinda la sensación de ir a otra época, y de pocos autores podría afirmarse igual que lo que dice es apenas una fracción de lo que sabe. Browning tiene poemas como Evelyn Hope, donde se respira la delicada esperanza de un amor inmortal, o poemas como el celebrado Childe Roland a la torre oscura fue, que nos hace vivir la aventura como iniciación en otros ciclos cósmicos. Todos esos poemas son a la vez tan terrenos y tan sobrehumanos, tan cotidianos y tan trascendentales, que sabios como Chesterton han dicho que de ellos se podrían derivar filosofías, sistemas de pensamiento y hasta religiones.

El anillo y el libro es una de las obras fundadoras de nuestra época. No podemos entender sin ella a Edgar Lee Masters, a Joyce, a Eliot, a Ezra Pound, a Faulkner, a Chesterton, a Jorge Luis Borges. Cada uno de esos autores ha dejado su reflexión sobre este libro y cada uno ha sido enfático en esa reflexión. La abundancia verbal de Browning, su riqueza de matices, su honda humanidad, abrieron nuevos mundos para la literatura.

La frase de Wilde acerca de que Browning es capaz de balbucir con mil bocas parece un reproche. Pero Wilde es un sabio verdadero, de esos que hablan desde la inspiración, y en ellos no cabe el error. La verdad es que después de la fulminación de Hölderlin la poesía sólo sabe balbucir. Quizá porque cada descubrimiento se ramifica en nuevas preguntas, nos parece que cada día sabemos menos del mundo y estamos en el centro de la edad de la duda.

Browning ya no busca la respuesta definitiva: sólo respuestas parciales, verdades de un alma, rostros momentáneos de la verdad eterna. Todo en él es situado, todo en él es un punto de vista. La suya es una religión del matiz y del instante. Como el amor que Laertes le describía a Ofelia, las certezas son “el perfume y el deleite de un minuto, nada más”. Después hay que recomenzar la búsqueda.

Esta extensa y múltiple novela en verso cuenta diez veces la misma historia, siempre desde un distinto punto de vista, y por ello se vuelve diez historias diferentes. La víctima tiene una verdad y el victimario tiene otra, el testigo y el juez tienen diversas percepciones de los mismos hechos, la opinión pública y las potestades emitirán sobre ella juicios distintos.

Hoy sabemos que hay mentiras hechas de verdades, como suelen ser las del periodismo, y verdades hechas de mentiras, como suelen ser las del arte. Browning nos invita a trasladarnos a un universo con menos certidumbres pero con más percepciones, donde más importante que el metal de las sentencias es la complejidad de las emociones. La rosa multiplicada por los espejos y trastornada por los espejismos. Su anillo es el oro de la realidad bruta organizado por el arte. Su libro, la red impalpable que sabe cazar vivas las mariposas.

Ahora hablemos de una hazaña más secreta. En las penumbras de un estudio de Nueva York, Humberto Marín ha trabajado noche a noche para nosotros durante más de quince años, vertiendo a nuestra lengua el cosmos rumoroso de Robert Browning. Ahora el anillo estará en nuestras manos, ahora estará en nuestras manos el libro. Uno de esos libros que parecen haber atrapado, como el gato a la cigarra, el temblor de la vida.

  • William Ospina

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jarevalob

11 Octubre 2008 - 10:31am
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Apoyo el tener escritores como Ospina en este periódico en lugar de poner todo lo que sale en "El País". Más aún, tener escritores como él es la única forma de escapar de la maldita ignorancia que tan lamentables consecuencias ha traído para nuestra sociedad.
Muy buen escrito, como siempre, aunque está de más que yo lo diga.

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antonioveloz

6 Octubre 2008 - 2:06pm
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hay que leer a Browning,eso es una gran invitación.

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mxuro

5 Octubre 2008 - 9:39pm
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Señor Ospina usted si que sabe escribir, espero con ansias su segunda novela. Lo mas pronto posible buscare una obra del escritor mencionado en la columna. gracias.

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carmen arevalo

5 Octubre 2008 - 9:56am
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''la rosa multipilicada por los espejos y trastornada por los espejimos.............su libro la red impalpable que sabe cazar vivas las mariposas'' Gracias Willian por hacer con las palabras imagenes tan hermosas .

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boggy

5 Octubre 2008 - 7:59am
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Muchas gracias William porque me contagias las ganas de conocer a Robert Browning. Me arriesgo a pensar que si de él se pueden derivar tantas cosas será porque es un "observador del mundo" como se refirió a sí mismo Fernando Pessoa.

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